John Knox, el gran reformador de Escocia, el hombre que fue esclavo en una galera francesa y que luego se levantó contra reinas poderosas, era pequeño de estatura, a menudo enfermo y lleno de miedos y dudas. ¿Cómo alguien tan débil de cuerpo y mente pudo lograr tanto?
La respuesta, como muestra Douglas Bond, es que Knox era fuerte en el Espíritu: se sometía a la voluntad de Dios y buscaba más la gloria de Cristo que la suya propia. Dios lo fortaleció en su sumisión para hacer mucho más de lo que habría logrado por sus propias fuerzas. Para quienes se consideran demasiado débiles, tímidos o comunes para servir en el reino de Dios, la vida de Knox ofrece un mensaje de esperanza: Dios suele obrar con mayor poder a través de quienes son débiles en sí mismos, pero fuertes en Él.